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Aquel día de trabajo se iba a escapar por completo de su rutina laboral.
Su jefa había llegado a la oficina con cara desencajada pediéndole ayuda.
Quedó sorprendido, mientras sentía como una sonrisa de satisfacción se le iba dibujando escondida por atrás de su boca.
Es que era la primera vez que se dirigía a él directamente, en meses que llevaba trabajando en la empresa.
Así que buscó poner cara de “la escucho con mi mayor consideración y respeto”, si quería una posibilidad de ascenso laboral y económico tenía que suma puntos desde ya.
Hablaba nerviosa y le pedía que la acompañara a su oficina para contarle.
Aparentemente tenía “algo” en el auto y le estaba pidiendo su ayuda para resolverlo..
Por un instante le resulto extraño todo aquello, sobre todo la actitud de ella, siempre tan controladora y segura.
En cambio, la mujer que tenía adelante parecía ahora mucho más insegura y aniñada.
De todas formas, tenía que actuar con actitud proactiva si quería crecer en la empresa.
La siguió a su oficina mientras le empezaba a contar una historia sobre su abuelo, quién se había embarcado de Italia a América, a principios del 1900.
Aquel hombre, por lo que ella decía, había logrado traer “algo” que le había sido entregado por su propia  abuela- es decir la tatarabuela de mi jefa y que mi jefa había heredado tras morir éste.
Algo que con paciencia y cuidados especiales había sido “engendrado” por esta mujer, a partir de la mezcla de harina y agua.
            -Una masa madre- había dicho mi jefa- una chispa de vida encendida, más precisamente bacterias y hongos.  
Su abuelo se había encargado de explicarle como cuidarla para continuar manteniéndola con vida.
A medida que la cortaban (sólo un trozo para cocinar y comer) la seguían alimentando, para que siguiera creciendo y así poder seguir comiéndola.
Entonces, aquella masa que mi jefa me estaba tratando de decir que tenía en el auto,  contenía en sí misma, los vestigios de una existencia de más de doscientos años.
Me contó que la alimentaban una vez a la semana, que con eso bastaba, pero que eso había ido cambiando.
            -Mi abuelo la supo mantener a raya, en cambio a mí se me complica. Ha crecido mucho en los últimos años por mi culpa, porque solamente la he alimentado.
Parecía una mascota, por eso no me anime ni a cortarla, ni a comerla y por eso se ha ido poniendo cada vez más demandante con la comida, supongo.
Ayer me desperté en la noche y estaba parada al lado mío en la cama, como si hubiera cobrado forma humana.
Nunca antes había pasado.
La mandé a la cocina y se resistió. Forcejeamos y por un momento sentí como que intentaba tragarme. Pasé toda la noche despierta. Ahora la tengo en el auto y no se que hacer.
            -¿Qué haré, se le ocurre algo?
Sin pensarlo dos veces le respondí.
            -Una posibilidad sería cocinarla toda en un horno de panadería.
Me miró con una cara que no logré descifrar.
Luego con un leve gesto como de aprobación me pidió que la acompañara al estacionamiento.
 
La puerta de la camioneta está abierta. Esta oscuro. Desde el fondo del garage se escucha un ruido.
            -¿Sos vos?- se escucha a la voz de la mujer preguntar.
El hombre que la acompaña voltea la cabeza y la mira confundido.
Desde el fondo del garage comienza a arrastrarse una forma.
            -Te traje comida- serían las últimas palabras que el hombre escucharía.
MASA MADRE
Gabriela Capparelli
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