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LA PROFECÍA DEL DIOS REPTIL 
Christian Nuñez
 
 
El príncipe Adanisto enseñó a Zinka su preciado colgante, amuleto obsequiado por su padre el rey. Una cadena de oro puro servía de sostén para la pequeña figura también de oro, con forma de serpiente enroscada en un trono. Según las leyendas del pueblo de los bosques y los habitantes de la gran ciudad amurallada de Serpistán, sede de la corona, el Dios Reptil creó hace miles de años dos pueblos habitantes únicos en la gran isla que conforma el reino: Los Ricos, y los Pobres. Los separó en dos razas distintas, una más numerosa que la otra, y sin decir cuál pueblo era cuál, antes de internarse en las Montañas del Norte, dejó escrita en la Piedra de la Serpiente una profecía:  
“Llegará el día en que un acto de cobardía enviará a uno de los dos pueblos a mis dominios, y entonces la perdición castigará a los Pobres, y beneficiará a los Ricos; porque yo los creé a ambos, pero solo los más privilegiados serán benditos por mi poder, y con ello, la gloria de los mismos será respetada por cada mortal en este mundo, hasta el fin de los tiempos” 
 
Adanisto era un niño terco, egoísta, egocéntrico, cínico y con todo el repertorio que pueda tener un heredero mal criado. Fueron esos factores los que lo llevaron a escaparse de la ciudad, obligando a sus inútiles guardias personales que lo acompañen a explorar el centro-norte de la isla, las tierras del pueblo piel roja de Kenkah, conocidos por los blancos serpistaníes como los “Pobres”. En esas regiones boscosas, encontrarse con bestias dispuestas a comerse una persona era algo de todos los días. Los kenkahicos conocían muy bien el territorio, pues ese era su hogar, y las criaturas salvajes los respetaban cuan si fuesen de su especie. Sin embargo, a los vecinos del sur no les tenían ese aprecio, en especial porque éstos solían arrasar con todo tipo de hábitat natural, incluyendo los animales adyacentes en ellos. Hicieron que las tierras serpistaníes no fueran más que media isla de campos deforestados, utilizando la madera como exportación a otras tierras, y llenando el terreno con cultivos. Significaba una carencia de experimentación en el medio salvaje por parte de todo serpistaní; por eso los guardias del príncipe no duraron con vida ni media tarde dentro de la espesura del bosque. Suerte que Zinka, niña kenkahica hija del Gran Jefe de los pieles rojas, llegó a tiempo para salvar a Adanisto de ser devorado vivo. 
 
- Mi padre algún día cumplirá con la profecía del Dios Reptil –balbuceó el príncipe mientras mostraba el colgante a su salvadora-. Ustedes, los Pobres, serán consumidos en las Montañas del Norte.  
- No creo que sea tan así –sonrió Zinka si darles mucha importancia a las crueles palabras del malcriado-. Que ustedes habiten sobre la Piedra de la Profecía no significa que sean los Ricos. 
- ¡Si serán inferiores! –rio a carcajadas el chico de piel blanca casi pálida y cabello rubio- Mírame –señaló su elegante vestimenta bordada con adornos de oro-. Ahora mírate tú. Visten con lo que nosotros usamos para limpiar el piso. Habitan entre palos y ramas que nosotros usamos para enriquecernos. Nosotros somos ricos, tenemos mucho oro. ¿Ustedes que tienen? ¿Una bonita amistad con bestias inmundas? 
- Mi padre dice que si en todos estos miles de años ningún rey ha cumplido la profecía –ofreció la niña piel   roja al otro un fruto de un árbol-, es porque no es necesario. Ambos pueblos convivimos en paz desde siempre. Ustedes en el sur, nosotros en el norte, cada uno con su forma de vida.  
- Ya verán cuando el rey sea yo –enrojeció Adanisto lanzando el fruto al piso-. ¡Yo seré el bendito por el Dios Reptil! 
- El Dios Reptil jamás habló de riqueza material –recogió el fruto y se lo volvió a ofrecer al desagradecido-. Ahora come que dormiremos en la aldea más cercana. A la mañana volverás a tu “riqueza”. 
-Estás loca por lo que veo –tomó el fruto con expresión de asco-. ¿Yo, dormir entre los Pobres? 
- Tendrías que haberlo pensado antes de venir –dijo Zinka, coreada por el aullido de una criatura nocturna. 
 
El príncipe no tuvo más alternativa que acampar con los humildes pieles roja, quiénes lo atendieron muy amablemente, a pesar de mostrarse el niño reacio a aceptar la cordialidad de sus repudiados vecinos. 
Y no era solo él quien discriminaba a los kenkahicos, si no la mayoría de los serpistaníes. Los reyes que pasaron por el trono desde la creación del reino de Serpistán, han sabido disimular su desprecio a los norteños, en especial en momentos como aquélla mañana en que los pieles roja devolvieron al príncipe heredero. Rescatar aventureros serpistaníes era algo muy común entre los kenkahicos, y la única causa de agradecimiento por parte los pieles blanca. Fuera de eso, los que se hacían llamar los Ricos veían a sus vecinos como un pueblo que algún día debía ser erradicado. 
Esa idea surgió cuando los blancos fundaron la ciudad de Serpistán alrededor de la Piedra de la Profecía, adjudicándose ellos mismos el título de Ricos, en especial por los yacimientos de oro de la zona, metal que les ayudó a comprar del exterior todos los elementos que los transformaron en una civilización feudal mucho más avanzada que los norteños. No solo se apoderaron del título de Ricos, si no que tomaron la doctrina del Dios Reptil para sí mismos, desechando por completo las ideas de armonía con la naturaleza que anteponían los kenkahicos, y que éstos dictaban como el verdadero mandato de la deidad.  
Los serpistaníes hicieron todo lo contrario, tomando la naturaleza como fuente de riqueza, política que los llevó a ambicionar más de lo que sus minas de oro ya le proporcionaban. Así, a lo largo de los años, cada serpistaní, desde el noble acaudalado al simple campesino, vivió y murió con el objetivo de tener más, y más, sin importar lo que tuviera que hacer o destruir para conseguirlo. Ese estereotipo de vida es el que alimentó las almas de los blancos, olvidando así valores como el amor al prójimo (pues bien podía un niño huérfano estar muriendo de hambre que nadie hacía nada, o cualquiera matar a otro por una moneda de oro, un huerto listo para la cosecha o una vaca), el respeto por la naturaleza, y en especial el respeto por la antigua doctrina del Dios Reptil.  
Por otra parte, los kenkahicos dejaron que sus vecinos hicieran de las suyas, abogando por la paz con cada monarca que pasó por el trono, manteniéndose al margen de la antigua doctrina, conviviendo con la naturaleza y devolviéndole lo que tomaban de ella. Todas las cosas buenas que carecían los blancos, eran el pilar de la vida de los pieles roja. Por eso, sabían que no necesitaban lo material para subsistir. Mucho menos el oro. Con resguardarse en pequeñas chozas del frío de la noche y la furia de las tormentas, cazar animales no sin antes asegurarse la abundancia de la especie, pescar, y recolectar lo que las plantas ofrecían gratis, les bastaba y sobraba. Si talaban un árbol, plantaban otro en su lugar. 
Hacia el comienzo del reinado de Adanisto, el paisaje de la isla se transformó en la mitad sur con muy escasos conjuntos de árboles, mientras que en el norte se apreciaba un cuarto del territorio tupido por los bosques de los kenkahicos, y un cuarto de terreno árido, terminando éste en las Montañas del Norte, heladas y siniestras, exploradas por ningún habitante de la isla, nunca.  
 
Adanisto llegó al trono a los veinticinco años, sediento de poder, pero no solo material, si no el poder de ser el bendito por el Dios Reptil. Como lo anticipó aquel día que estuvo por primera vez cara a cara con Zinka, alentó a los hipócritas serpistaníes a atacar y exterminar a los kenkahicos, o bien, exiliarlos a las Montañas del Norte. Para disipar el miedo que los blancos tenían a los peligros de los bosques de los pieles roja, ofreció como recompensa todo el territorio boscoso para ser repartido entre los soldados, una vez estuviera talado cada árbol. Marcharon quince mil hombres fuertemente armados hacia el norte, a hacer frente a los diez mil pieles roja. Éstos, desconocedores del arte de la guerra, se defendieron con lo único que se atrevieron a utilizar como arma: la salvaje espesura del bosque.  
Centenares de aldeas fueron arrasadas, y tres mil kenkahicos murieron en sangrientas batallas, pero no se comparó con la masacre que sufrieron los serpistaníes, perdiendo éstos once mil soldados, devorados por bestias salvajes, envenenados por insectos y plantas, atravesados por silenciosas flechas en emboscadas con la complicidad del oscuro corazón de las profundidades del bosque. Entre los sobrevivientes, estaban los que huyeron, y los que fueron capturados. Los pieles roja liberaron a los cautivos, pero ni el gesto, ni la aplastante derrota fueron motivos para calmar el ahora incontenible odio de los blancos. Adanisto gastó enormes cantidades de oro en armamento proveniente del extranjero, tales como catapultas de aceite, aceite combustible, balistas con potencia suficiente como para partir un árbol a la mitad, mejores armaduras, y miles de mercenarios, quienes sumados a los soldados de Serpistán, formaron un ejército de treinta mil hombres, con el único objetivo de eliminar a cada adulto y niño de piel roja.  
Vaya sorpresa la de los atacantes cuando llegaron a los bosques, y se encontraron con que los kenkahicos se habían marchado. Los pocos exploradores que lograron atravesar la vegetación hasta su límite norte, alcanzaron a ver las largas caravanas piel roja rumbo al norte más lejano, por entre las tierras áridas, hacia las gélidas montañas. Adanisto no tardó mucho en celebrar su victoria. Declaró oficialmente que Serpistán quedaba consagrado como los Ricos del Dios Reptil. Calculó que el miedo causado por sus numerosas filas obligó a los kenkahicos a retirarse ellos mismos a la perdición de las Montañas del Norte, un claro ejemplo de cobardía y aceptación de su condición de Pobres, tal como lo anunció la profecía. 
 
Cierto es que los pieles roja abandonaron sus bosques con mucha tristeza, pues en ellos estaba el sentido de su vida. Pero no fue por el motivo que creyó Adanisto. Los kenkahicos sintieron en sus humildes corazones, el llamado de la profecía de su dios. El Dios Reptil los invocó a sus dominios, y ellos obedecieron sin temer al desamparo de las tierras áridas, o al frío mortal de las colosales Montañas del Norte, envueltas en el zumbido de los gélidos vientos y la constante capa nevada.  Y sin más defensa que la voluntad, se adentraron en el extremo norte de la isla, desapareciendo por completo para los serpistaníes, durante mucho tiempo.  
 
En diez años, Serpistán taló y exportó todos los bosques que quedaban en pie sobre la isla. Sin embargo, como víctimas de una maldición de la madre naturaleza, fueron castigados de una manera muy especial: los árboles dejaron de crecer en los territorios que el reino dejaba libre de cultivos para permitir el renacimiento del bosque. Cuando los grandes mercaderes de leña comenzaron a quedarse sin su fuente de subsistencia, intentaron someter a los campesinos adueñándose de sus tierras, cosa que generó un gran conflicto desembocado en guerra civil. Los leñadores asesinaban a campesinos que no entregaran sus cultivos y recompensaron con tierras a los que luchaban de su lado contra la corona. Mientras, Adanisto se vio obligado a combatir no solo a los mercaderes, si no también focos de rebelión que comenzaban a surgir en la ciudad. Su desastrosa labor como rey trajo a la capital de Serpistán niveles de desigualdad nunca antes vistos. Era irónico que todo el pueblo blanco se autodefiniera “Ricos”, cuando dentro de la misma raza, la pobreza era la realidad del ochenta por ciento de la población.  
Adanisto desesperaba cada día, enloqueciendo poco a poco, víctima de la incertidumbre, formulando preguntas que no lo dejaban dormir, ni actuar sensatamente. “¿Por qué no soy bendito por el Dios Reptil? ¿Hasta cuándo deberé esperar? ¿Acaso ya he sido glorificado, y no me he dado cuenta?”.  Si eso último hubiera ocurrido, no habría pasado por las desgracias de la guerra civil, ni del conflicto que vino después. 
 
Luego de tres sangrientos años, cuando parecía que la guerra interna se prolongaría hasta la erradicación total del bando leñador, llegó el terror proveniente del exterior.  
Cien mil guerreros del Imperio desembarcaron en la isla, con el objetivo de conquistar al inestable reino, aprovechando la situación actual del mismo. Aquellos que algún día fueron los mejores clientes compradores de leña, enterados de la desaparición permanente de los bosques y la guerra civil por la que pasaba Serpistán, decidieron apoderarse del mejor recurso que poseían aún en abundancia: el oro. Ni la población de ciento ochenta mil habitantes ni el territorio eran prioridad para el Imperio, por eso no solo masacraron a los serpistaníes, si no que se divirtieron haciéndolo. Al desembarcar, cortaron todo tipo de ruta de escape al exterior, evitando así la salida de un convoy de compra de mercenarios en el extranjero; tampoco es que hubiera muchos tan atrevidos como para enfrentar al poderío más grande sobre el mundo. Luego comenzaron a adentrarse por el campo, asesinando a cada ser humano que se cruzaban. Los campesinos huían hacia la capital, en donde el cobarde rey no solo les prohibió la entrada, si no que los acusó de traidores por el hecho de haber luchado muchos del lado de los mercaderes, cuando en realidad la mayoría no habían sido más que víctimas de la guerra civil.  
El Imperio siempre actuó sin piedad alguna. Exterminaron decenas de pueblos enteros, y los serpitaníes no eran una excepción en sus intenciones. La gran mayoría de los setenta mil campesinos que los enfrentaron en pos de defender su tierra, así como sus mujeres y niños, perecieron, y los que no, fueron perseguidos, llegando unos pocos a huir del reino. Otros se atrevieron a escapar al norte, pero las tierras áridas los consumieron tan impiadosas como el invasor. Pero donde aconteció el acto más atroz que recuerde este mundo, fue en los alrededores de la capital de Serpistán. Treinta mil civiles fueron masacrados a la vista de los defensores de la ciudad, pues la fosa que rodea las murallas a una distancia de doscientos metros a la redonda impidió que las víctimas intentaran al menos pegarse a los muros, con la esperanza de que las flechas y catapultas sobre los mismos contuvieran a los atacantes. Mientras eso sucedía, Adanisto se convencía de que el Dios Reptil no permitiría que su ciudad cayera. Además, las defensas eran una verdadera máquina de guerra. 
El Imperio consideraba esclavizar a los que sobrevivieran entre los ochenta mil serpistaníes atrincherados en la ciudad. Para acelerar el proceso de conquista, no se limitaron a asediar al enemigo hasta hacerlo morir de hambre. Trajeron al frente las catapultas más poderosas existentes, con las cuales derribaron un gran segmento del muro. La batalla se tornó larga y sangrienta. Las calles se convirtieron en ríos púrpura, y los cadáveres se volvieron mayoría. Hubo grandes bajas de ambos lados, pero finalmente el Imperio prevaleció, capturando a todo hombre mujer y niño que fue perdonado, hasta cierto punto. Mas el rey Adanisto, atrincherado en su castillo, acobardado en el trono, dando órdenes ya incoherentes a los pocos soldados que le quedaban, aguantó un poco más; lo suficiente como para ver cumplirse la profecía del Dios Reptil. La diferencia es que se había equivocado toda la vida: el pueblo blanco, en realidad eran los Pobres.  
 
- Pobres de mente –resonó en la sala del trono luego de volar la puerta en mil pedazos, incrustándose estos en los cráneos de los defensores del rey-, pobres de espíritu. A eso se refiere el Dios Reptil. Intenté demostrártelo un día, pero rehusaste aceptar que con la guerra no ibas a llegar a ningún lado. ¿Nunca te preguntaste por qué ningún rey anterior nos atacó?  Por más que ellos hubieran perdido el respeto por la verdadera doctrina, en lo más profundo sabían que no estaban seguros de cuál pueblo es cuál. Hasta que llegaste tú, y lograste todo esto. Por un lado, hiciste posible el cumplimiento de la profecía. Pero cargarás por el resto de la eternidad con la culpa de tantas muertes; la casi desaparacición de tu propia gente. Los serpistaníes actuaron y murieron Pobres, pero tú serás castigado como tal.  
 
Zinka caminó hasta el trono. Ahora era alta, hermosa, vestida tan humildemente como siempre, y como lo siempre lo hicieron los kenkahicos. Adanisto se retorcía en el asiento, lanzando alaridos, rasgando su lujosa túnica. No podía creer que eso estuviera ocurriendo. No lo creyó, hasta el momento en que por la puerta se asomó la cabeza de una serpiente gigante. Sus fauces se abrieron, y del interior de la boca surgió un ser con piel de escamas, cuya desnudez carente de género sexual demostraba que era nada más y nada menos que el Dios Reptil. Se acercó al trono con sus tres metros de altura, tomando al rey por una pierna y arrastrándolo hasta donde esperaba la serpiente. Adanisto clamó piedad, insultó a Zinka, volvió a clamar, hasta finalmente ser arrojado al interior de la criatura. Una última mirada fue intercambiada entre los dos que un día se conocieron de niños; y esa mirada fue la que dio por cumplida la profecía.  
Una tormenta azotó la ciudad en ese momento. Era el majestuoso poder del Dios Reptil. La serpiente gigante, tan larga como la circunferencia de la muralla, se elevó por los aires iluminada con rayos color verde, y acompañada de cientos de tornados que arrastraron a los miles de soldados del Imperio hasta lo más alto del cielo. La caída libre fue el destino de ellos.  
Adanisto fue llevado a las Montañas del Norte, en donde cumple su condena por el resto de la eternidad.  
El Imperio se vio obligado abandonar sus deseos de conquista, pues luchar contra un dios no es algo que los humanos hagan.  
Los diez mil serpistaníes que sobrevivieron al exterminio se unieron a los veinte mil kenkahicos, ahora habitantes no solo en sus antiguas tierras, sino en toda la isla. Los sobrevivientes se volvieron como ellos: Ricos de mente y espíritu, respetuosos con la naturaleza, y privilegiados benditos por el Dios Reptil. 
 Desde ese día, los bosques comenzaron a renacer, las murallas de la ciudad fueron derribadas para siempre, y la división de clases desapareció por completo en la isla. Todos se convirtieron en iguales, y la armónica paz reinó finalmente en el glorioso pueblo más respetado de todo el mundo.  
Así ha sido, es, y será, hasta el fin de los tiempos.   
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